El Dragón y la Mariposa, o el extraño cambio

Michael Ende

PRIMER ACTO

Érase una vez un lúgubre torreón

que estaba habitado por un gran dragón.

Por arriba y por abajo el dragón echaba fuego;

cubierto estaba de púas y de ira estaba lleno.

Pero un día lo visitó

con un gran libro un profesor.

De cabo a rabo lo examinó,

pues gente así no tiene temor.

Al monstruo midió con curiosidad:

¡Treinta metros justos! ¡Ni menos ni más!

Mas, ingrato, el monstruo fue y se tragó

no sólo el metro, sino al profesor.

De arrepentirse no vio motivo:

era un bocado muy exquisito.

¡Mas el libro aquel era indigestible

y al dragón le entró un dolor terrible

hasta vomitar sin remedio el libro

Y, con él, a un tiempo al sabio instruido.

Sin despedirse el profesor

Cogió sus gafas y se marchó,

¡Mas mira por dónde se dejó el libro

bien a propósito, bien por descuido!

El dragón entonces se puso a leer,

¡algo que nunca el pobre debió hacer!,

pues allí ponía, sin duda alguna:

“Aunque seas fiero, aunque fuego escupas,

Plácido te llamas en cualquier caso.

De nada sirve querer ya negarlo”.

Gritó el dragón, muy indignado:

“Yo no soy Plácido! ¡Yo no soy Plácido!”.

destrozó el libro, lo dejó hecho trizas,

llamarse Plácido él no quería

Y para demostrar que era una fiera

Hizo caballadas la noche entera.

Mas todo eso de nada sirvió,

pues como un niño al final lloró.

A partir de entonces, no salió a la calle,

decidió ya siempre en casa quedarse.



SEGUNDO ACTO

En un prado enorme de plantas colmado

el señor mariposa baila entusiasmado.

Es muy cariñoso, es encantador,

Es el más galante con cada flor.

Con las damas mariposas es muy atento

y baila el vals con ellas que da gusto verlo.

Siendo tan sensible, siendo tan discreto,

el mínimo ruido se le hace molesto.

Aquel gran estruendo de la autopista

lo sacaba siempre de sus casillas.

Por eso al bosque vino y en él encontró

la paz y sosiego que siempre anheló.

Pero cierto día llegó un abejorro

armando ante él un gran alboroto.

El señor mariposa le protestó:

“¿Ni aquí tranquilo puedo estar yo?”.

Respondió el intruso, muy insolente:

“¡Cierra ese pico, señor Estridente!”.

El señor mariposa pálido quedó.

“Me llamo Estridente! ¡Me muero de horror!”

Y desde aquel día no volvió a bailar,

sólo de puntillas él andaba ya.

Pero el resultado fue más bien escaso:

¡su nombre Estridente no podía cambiarlo!

De este modo, el pobre, triste y cabizbajo,

se retiró al desierto, se hizo ermitaño,

firme y decidido a hacer penitencia

Por aquel nombre de tanta “estridencia”.

TERCER ACTO

Mas un buen día una serpiente

en zig-zag pasó por allí enfrente.

“¡Ay, ay, que risa! ¡Ay, qué irrisión!

¡Conozco a un tal Plácido, un gran dragón,

que por su nombre está que echa chispas!

¡Hay que ver qué cosas tiene la vida!”

con gran malicia le guiñó un ojo,

se fue reptando y lo dejó solo.

Se quedó pensando muy profundamente

en las sabias palabras de la serpiente.

Tras dos semanas pensando en ello,

dijo de pronto: “¡Por fin lo tengo!”.

Preparó víveres para el camino

y viajo largo, largo y tendido

hasta llegar, bastante angustiado,

hasta la torre del dragón malvado.

Huesos pelados había en el suelo,

llamó a la puerta con mucho miedo.

Mas finalmente entró al torreón

y en cama enfermo halló al dragón.

¡Qué pena daba! ¡Lloraba tanto!

El señor mariposa le dijo al rato:

“Lo que le pasa ya me han contado.

¿Qué le parece si nos cambiamos

Nuestros dos nombres, sencillamente?

Pues yo me llamo, ¡ay!, Estridente”.

El dragón primero no entendió nada,

Pero enseguida alegró su cara

Porque lo tenía ya todo muy claro.

Y estrechando la mano de su invitado

(con mucho cuidado, se da por supuesto),

Con papel y lápiz redactó el acuerdo,

Dejando constancia así por escrito.

“¡Hecho!”, dijeron los dos dando un grito.

Y Plácido, mariposa, y Estridente, dragón,

felices de la mano se fueron del torreón.